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Relatos costumbristas de la España de los años mil novecientos sesenta (1)


Quintanar del Rey (Cuenca)
  Nuestro amigo Fran nos brinda una serie de escritos realizados por su padre, Don Pablo, donde relata de una manera sencilla pero profunda la historia cotidiana y costumbrista de la España de los años mil novecientos sesenta. Unos escritos manuscritos realizados con una letra impecable que con gran cariño (no sin motivo) conserva y que ha querido dar a conocer a través de nuestra Agencia Nuevas Dimensiones como un homenaje a aquellos hombres sencillos y luchadores de una España precaria donde como a tantos otros  le toco vivir. Escritos realizados en Paris, donde tuvo que emigrar.
Gracias Fran por este bello gesto del que estamos seguros tu padre estará orgulloso pues nos cuenta que  siempre quiso que se publicarasen e incluso llego a enviarlos a los diarios ABC , YA, y Pueblo, en cartas certificadas, que nunca tuvieron respuesta.
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 Presentación:
En esta ilustración del año 1944 mi abuela Paca Badía, conversando con mi padre Pablo Segura
en su casa de Quintanar del Rey (Cuenca). Le estaba aconsejando seguramente de casarse con la buena moza que habían conocido en Valencia durante su viaje de negocios. La dependienta de una Mercería de la calle Bolsería de Valencia, Ana Rodrigo, la que sería dos años más tarde mi madre. Se casaron en Valencia en el año 1945. Al morir mi abuela en 1945 (no pudo ver casar a su hijo) mis padres establecieron residencia en el Barrio de San Juan de Burjasot (Valencia). Montaron un negocio de alimentación y ultramarinos, por aquellos años difíciles 1950-1960, el comercio no funcionó debido a la falta de liquidez de los parroquianos. La mayoría de las ventas eran "fiadas" es decir "Sr. Pablo ya le pagamos el viernes la cuenta" . Mi padre apuntaba las deudas de cada familia sobre un trozo de papel de envoltorio "papel estraza", que los clavaba en un gancho. Casi todos los días salía a intentar cobrar, muchas veces le acompaña, pero todo eran excusas para no pagar.
Mis padres tuvieron que claudicar y dedicarse a otra cosa.Mi madre a la venta de delantales a comisión, delantales casi todos blancos con diseño y encajes para las panaderas, charcuteras y carniceras principalmente. Debía cogía el tren porque tenía asignada un área fuera de Valencia capital; Algemesí, Onteniente, Carcagente, Játiva, Elche, Alcoi, Mogente etc. 
Hubo un tiempo que se dedicó a la venta de colonias, perfumes y productos de belleza a domicilio, tenía su clientela en las casa de campo o alquerías de la huerta valenciana, yo también solía acompañarla algunas veces. Mientras tanto mi padre, más bien dado a los números y al intelecto, sin embargo tenia que trabajar en el campo...iba a la patata, la naranja, la cebolla,... en fin a lo que saliera.
La familia (mis padres y yo) tuvimos que emigrar a Europa como tantos cientos de miles de españoles. Mi tío Vicente Rodrigo, español y republicano, uno de los hombres más bondadosos que he conocido, participó en la contienda español Era un  ex deportado de los campos nazis, que logró sobrevivir, nos acogió en su casa de París, nos ayudó, fue nuestro punto de apoyo para empezar una nueva vida de en París (Francia). Tal vez algún día hable de ello. Pues tengo mucho que contar sobre las conversaciones que mantuve con mi tío Vicente sobre su calvario en el campo nazi de exterminio de Mauthausen (Austria), lo que oía durante sus pesadillas nocturnas agitado y sudado hablaba fuerte reviviendo los tormentos de su cautiverio. Esa es otra historia, en fin dejo el espacio a mi padre aunque  hace años dejó de estar entre nosotros.
                                                                                                 Francisco  Segura 
                               Introducción

En mis varios artículos bajo este mismo título de “La Rebotica” pretendo plasmar en ellos el viejo recuerdo de aquellos tiempos pasados, cuando en franca camaradería; reuníanse en casa del farmacéutico, los intelectuales del pueblo, bajo un ambiente acogedor, sencillo y hogareño formaban aquellas nocturnas charlas; tertulia grata y amena pródiga de nostálgicos recuerdos de tiempos pasados, de épocas lejanas; y que hoy el modernismo actual en todas sus formas ha desterrado por completo.
                 El autor :
                                                                                             Pablo Segura Badía
              
   Prólogo de "la rebotica" 
No creo que a estas alturas, sea desconocida para nadie, la estancia tan traída y llevada, a través del tiempo, y en tanta letra impresa, como es la “la rebotica” de las farmacias pueblerinas.
   Ya sabemos que es la habitación más familiar del boticario; que está contigua al despacho de farmacia, y que rebosante de periódicos atravesados, de libros polvorientos, y revistas científicas, repartidas en la estancia, sobre estanterías, y no precisamente con mucho orden arregladas; si no esparcidas y distribuidas en abigarrada desidia.
   Otras ilustraciones, son sujetas y oprimidas por los blancos botes de cerámica, que ya conocemos y que los hemos visto muchas veces, en las antiguas farmacias y que rotulados con letras doradas, contienen, entre otros varios: Raíz de Ruibarbo, Extracto de Árnica, Sulfato de Bismuto, Bromuro de Alcanfor, y el Salicilato de Metilo.
   Ya leeremos más adelante, en el presente artículo, las impresiones que comentan en su nocturna charla, Don Gervasio el boticario, Don Justo el médico, Don Jeremías el cura, y Don Plácido el maestro.
   Empecemos diciendo, que las farmacias hoy en día, más modernizadas, y al compás del ritmo del progreso, van desterrando el clásico mortero, y la basculita centesimal, que era protegida por una caja estuche de madera y tapa de cristal, para evitar que el polvo entorpeciera la exactitud de las pesadas, que dosifican los medicamentos.
   Las lujosas farmacias actuales, ampliamente reformadas, dan la sensación de ser más comerciales que científicas, vemos todos los productos y específicos, la mayoría enfrascados, todo ya compuesto; nos alejamos ya de aquellos tiempos remotos que veíamos al boticario preparar las fórmulas de los medicamentos, sobre el mortero de cristal; o bien haciendo sobre la piedra de mármol, las célebres y esféricas píldoras. Don Gervasio siendo octogenario y reumático, con su blanco batín impregnado de un fuerte olor a éter y yodoformo arrastraba sus pesados pies buscando de estantería en estantería el medicamento para hacer la composición de la receta.
 Hasta cierto punto, es de admirar la labor anónima y callada de estos hombres de ciencia, entregados por entero, a su monástica esclavitud, debido a su profesión, y también a su gran responsabilidad moral, pues la involuntaria equivocación de un medicamento; o la excesiva dosis de él; mal calculada, serían para el paciente, de funestas consecuencias.
 A estos señores, que consagran su vida, en aras de su profesión; vaya por delante, mi más reconocido respeto; y mi más alta estimación.
                                                                                 El autor
                                             Pablo Segura Badía